
En la viñeta se nos muestra otra realidad: por lo general, los maestros generan en los alumnos un odio hacia el estudio por culpa de su incansable persecución en busca de... ¿qué?... ¿que los alumnos sean los mejores? ¿que los padres y compañeros lo tengan por buen profesor?... Pueden ser muchos los motivos que llevan a los maestros a colapsar a los alumnos provocando dicho odio, pero ninguno es justificable ni inevitable.
Yo no recuerdo mucho de mi etapa de infantil, ya que por entonces sufrí tres mudanzas, pero sí recuerdo mucho de todo el tiempo que pasé en el colegio, aquí en Granada, en el Abencerrajes (seguramente haga alusión a él en multitud de ocasiones de aquí en adelante).
Lo primero que tengo que comentar, para que lo entendáis, es que el Abencerrajes no es un colegio como los demás, tiene algo especial (no es por fardar ni por parecer cursi..): el centro en sí es el conjunto de los maestros, padres y alumnos, cooperando siempre para realizar todo tipo de trabajos, actividades escolares y extraescolares, salidas de trabajo (¡no son excursiones!)... siempre pensando en los alumnos como elemento principal, lo más importante. Dicho así puede parecer que es como cualquier otro colegio, pero cualquiera que haya estado allí, incluso habiendo pasado por dos, tres... centros más, se da cuenta de lo distinto que es.
Bueno, lo que quería comentar del colegio es la actitud siempre positiva del profesorado, siempre atentos para que no falte nada a los alumnos, desde material hasta diversión. Las clases pueden convertirse en lo más ameno del mundo permitiendo que los alumnos: tengan voz y voto: participen activamente en todas las actividades; tengan la opción de retractarse si comenten un error, ya sea realizando una actividad o portándose inadecuadamente con alguien; disfruten de aprender en la naturaleza o en el barrio en lugar de en el aula, sin apreciar las cosas como son realmente... Los castigos no eran severos, pero sí eficaces, y nunca (que yo recuerde) era necesario llamar a los padres de los alumnos por un mal comportamiento, ya que los alumnos, aunque pudieran portarse mal o muy mal, obedecían a los profesores casi en todo momento, ya que la confianza que todos ellos depositaban en nosotros y la relación tan positiva que siempre existía hacía que, de alguna forma, el colegio se convirtiera en una gran familia, formada por todos y cada uno de sus miembros, en la que reinaba el respeto mutuo.
Lo que hace que los alumnos no odien estudiar/aprender es, a mi parecer, tener profesores que sepan mantener una relación positiva, tanto con ellos como con las familias, que incluya el respeto mutuo y un aprendizaje ameno en el que exista un ambiente agradable, variado y de participación en la que se permita ampliamente la libertad de expresión.